De la “pobreza” a la innovación

Una sola idea puede transformar la Nada en Algo

“La pobreza no es solamente la falta de dinero, sino la incapacidad para desarrollar todo el potencial de la persona como ser humano”.—Amartya Sen, Premio Nobel de Economía

Por Bessie Cerón

Decía uno de mis mejores amigos: “En México se habla de la pobreza para vivir de ella”.

Se habla de ella en los discursos de cada candidato a elección popular. También se habla de ella en las redes sociales, en las telenovelas, en la religión y en los artículos de opinión.

En México se habla de la pobreza cotidianamente; y a todos nos agobia y nos preocupa. La pobreza hace que nos encrespemos cada vez que hay un gasolinazo y nos pronunciemos contra los gobernantes. Y no está mal que el inconforme acuda a la queja, lo incomprensible es por qué la queja no resulta suficiente para llegar a la transformación.

El problema es que nos identificamos cotidianamente con la carencia, porque lo que pensamos, se expande.

Hace unos meses en un workshop de innovación, se reflexionaba sobre cuál debia ser el factor diferenciador entre un individuo llamado a la pobreza de nuevas ideas y otro llamado a la abundancia de soluciones innovadoras. Uno de los participantes afirmaba que se trataba de un problema generacional, otro contestó que se trataba de situaciones geográficas: “si naciste en un pueblito olvidado de Hidalgo, seguramente pertenecerás al México rezagado”, concluyó.

—Yo soy de un pueblito así— Interrumpí. Inmediatamente se disculpó, sorprendido.

Existen muchos prejuicios como definición diferenciadora de los niveles bajos. Tradicionalmente se piensa que la clase baja es ignorante, con aspiraciones raciales, poco informados, fatalistas y vive en las periferias.

Sin embargo, pese a lo que podamos imaginar, en muchos lugares de provincia, la supuesta pobreza no es tan grande como creemos. Según estudios realizados por Rolando Arellano (uno de los expertos más reconocidos en marketing para los países en desarrollo), en muchos lugares de provincia tienen más bienes patrimoniales que la clase media tradicional en la CDMX. La propiedad les permite generar el gasto en otras cosas.

Por otro lado, hay más producción para autoconsumo, como es el caso de los albañiles que construyen sus casas, o las personas que crian y consumen sus alimentos. Los costos de vida son menores porque todo es más barato.

Por último, si analizamos el porcentaje de prenetracion con Internet, vamos a encontrar que la mayor cantidad de internautas se encuentra en el nivel socioeconómico “C”.

Sólo un porcentaje minímo corresponde a los estereotipos. El ochenta por ciento tiene un estilo de vida diferente, donde nos encontramos, por ejemplo hombres y mujeres progresistas que pueden ser pobres, pero que su vida está centrada en mejorar.

Esta división tradicional de clasificar a las personas en términos de ingresos mayores y menores para delimitar su nivel adquisitivo, nos permite entender a la gente en función de cuánto dinero tienen, pero no en función de sus circunstancias particulares, ni de cómo piensan o sienten.

Cuando nos basamos en el concepto de riqueza, sólo para analizar la capacidad adquisitiva, probablemente nos apartamos de unos conceptos fundamentales y diferenciales del desarrollo: la capacidad de creación y la capacidad de transformación de las personas.

Es importante tener un cambio de visión que nos haga pasar de este prejuicio, a lo que dice Jim Rohn: “Podemos tener más de lo que tenemos, porque podemos convertirnos en más de lo que somos”.

Este nuevo paradigma puede revelar un principio central del desarrollo social. La innovación incide en beneficios económicos, pero también tiene un valor no monetario, que contribuye indiscutiblemente a la consecución del desarrollo centrado en el humano. Es por eso que la innovación debe ir más allá de la tecnología y fomentar una cultura de habilidades y actitudes requeridas para la transformación de la sociedad. Hablar de innovación social es hablar de posibilidades y de posibilitadores.

Enunciar la abundancia es localizarla, conectarla y multiplicarla. Cuando un hombre deja de pensarse pobre y comienza a pensarse como lo que es, un ser con riquezas y herramientas sociales, intelectuales y culturales propias, la labor de este hombre en la sociedad se dignifica y no sólo se posibilita a sí mismo a partir de este nuevo paradigma, sino a todos a los que puede hacer participar de este conocimiento.

Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo en Poor economics dicen lo siguiente:

“La economía de la pobreza se confunde muy a menudo con una economía pobre; dado que los pobres poseen tan poco, se asume que no hay nada de interés en su vida económica. Desafortunadamente, esta equivocación debilita la lucha contra la pobreza”.

“Para avanzar debemos dejar atrás el hábito de reducir a los pobres a personajes de tira cómica y dedicar un tiempo a entender de verdad sus vidas, en toda su complejidad y riqueza.”

Hablar de innovación nos lleva ineludiblemente a hablar de las personas. Porque la innovación es el proceso más humano posible.

Por eso no debemos caer en el prejuicio de que la innovación está supeditada a las grandes ciudades, a la infraestructura adecuada, a los científicos e ingenieros, a los académicos o a los ‘emprendedores del ecosistema’. Un innovador puede venir de cualquier parte. Esta idea sobre nuestra condición de carencia debe dejar de reforzarse y suplantarse por la idea de que cualquiera de nosotros es capaz de trascender las limitantes con soluciones innovadoras. Es esta posibilidad de potenciar la “innovación invisible”, de empoderar a las personas mediante la consecución de sus proyectos propios, la que puede ayudarnos a resolver uno de nuestros grandes retos: “Llevar a los mexicanos a la altura de su potencial.”

Lo relevante es reconocer la riqueza de nuestra gente. Y saber que no somos productos pasivos, nuestra circunstancia es destino, pero nuestro destino depende de cómo miramos nuestra circunstancia. Podemos salir de este circulo de la pobreza tan arraigado en nuestra mente. Es posible y les convoco a que lo hagamos.

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