Una noche de leyenda en el Hotel Victoria

Asistimos a la experiencia de marca que aterroriza a la ciudad

Cortesía Grupo Modelo.

Por Abraham García

Estamos en el bar terraza del Hotel Victoria. Bebemos la primera de un par de cervezas en cortesía que entregan en la barra. Nos encontramos rodeados de personas que exclaman cosas acerca de espectros y entes sórdidos que acaban de ver. Se abrazan y brindan. Perdido en un rincón al fondo, está El Hijo del Santo (sí, aquél cuyo padre batalló contra las momias de Guanajuato) en persona, platicando con una mujer.

Desde este punto, la vista del Paseo de la Reforma resulta singular: debido a que le rodean todos esos edificios enormes, el Ángel de la Independencia, visto a la distancia, parece muchísimo más bajo de lo que en realidad es, y mirar hacia abajo es disfrutar ver pasar a todos esos centenares o miles de autos que transitan la avenida y preguntarse hacia dónde se dirigen. ¡Tal vez todos vayan al mismo infierno!

Cortesía Grupo Modelo.
Cortesía Grupo Modelo.

-A mí me tocó La llorona. Había una gorda que gritaba y me agarraba para cubrirse. Me agrandó la sudadera con sus jalones- me comenta Javier, a quien le dieron una llave con listón blanco, y ahora mismo se asegura de que su moto siga en el lugar donde la estacionó.

Pero llegar al bar terraza para que te premien con beber y sentir que te emborrachas con una cerveza porque traes la adrenalina regada en todo el cuerpo no es cosa fácil. Yo, por ejemplo, a solas atestigüé un suicidio en la habitación, ya no recuerdo si 1003 o 1004, y en la otra entré a una pequeña sala cinematográfica para ver un mash up fílmico más bizarro que película de David Lynch, mientras un maldito enano enmascarado me susurraba cosas ininteligibles al oído y otro ser extraño, medio amorfo, amenazaba golpearme con algo parecido a una escalera de metal rota. Es de lo peor estar solo ahí.

Los boletos estaban agotados desde hacía mucho, y no había manera de entrar a ninguna de las fechas que el hotel programó. Carlo Dubon, quien se encarga de los medios para esta experiencia de marca para Cerveza Victoria, me comunicó un día antes que la noche del miércoles se abriría una fecha especial a la que podría asistir para poder escribir una crónica. Me puso en lista y dijo que tendría que ser muy puntual.

Luego de hacer check in y que nos entregaran las llaves, nos formaron de acuerdo al color del listón que tuviésemos. Como si supiesen que nos la habríamos pasado risa y risa, a mi roomate y a mí nos separaron entre los tres grupos que arman para hacer los recorridos.

Después de que los botones nos explicaran que el Hotel Victoria había resistido terremotos como el de 1985 porque alguien lanzó un conjuro sobre sus cimientos, y que se vieron obligados a cerrarlo el 3 de noviembre de 1989 a causa de que el lugar se hacía más y más inhabitable porque alguien fue enterrado vivo ahí, cada uno tomó a su grupo para contarnos una leyenda en particular.

“He visto algunas de las cosas más horribles que una persona pudiera soportar”, soltó de pronto mi flemático botones, mientras se disponía a contar la historia de un hombre que alguna vez se hospedó en el hotel.

No recuerdo el nombre de aquél señor, pero, según el botones, se volvió loco con la muerte de sus hijos, al punto de acudir a una sesión espiritista para ver si podía traerlos del más allá.

Casi sin notarlo, el grupo de visitantes veíamos toda la acción y estábamos ahí sentados ante la mesa redonda, donde un brujo o chamán entraba en una suerte de trance para hablar con los hijos de ese pobre desgraciado, a quien le confesaron que no era suya la paternidad del hijo que esperaba su esposa. Entonces comenzó a tintinear la campanilla que me entregaron sin que mi muñeca se hubiese movido ni un milímetro.

Como adulto sabes que al entrar a la experiencia del Hotel Victoria hay una producción detrás que hará todo lo posible por arrancarte un alarido, pero es un shock ver cómo un vaso con agua natural se torna roja de la nada, o que los platos comiencen a moverse. Mi reacción con la campanilla fue de sorpresa. Incluso inspeccioné el badajo, pero no encontré nada raro.

El triste y patético final de la historia de aquél hombre lo vimos cuando aparecieron sus hijos -dos enanos con máscaras inexpresivas-, poco después de haber asesinado a su esposa y extraer el feto carbonizado al que llamó “hijito hermoso”. En medio del llanto, sus vástagos le dieron consuelo y lo arroparon con una cuerda al cuello, hasta que tomó la resolución.

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Al ver que mi botones hacía entrar a mi grupo a las habitaciones en pares, me sentí confiado en que no sería tan terrible entrar. Sin embargo, cuando me indicó con su tono formal y solemne “pase por aquí, caballero; tome asiento en primera fila y disfrute la función”, se me congeló la sangre de incertidumbre y se me anudó la garganta.

Cuando se me apareció aquél enano, enseguida creí que se trataba de uno de los hijos de El colgado. De inmediato cubrí mis oídos con las manos y miré de fijo a la pantalla, pero era imposible hilar alguna secuencia en las imágenes. Me gruñía y trataba de intimidarme. Evasión: “esto no es real”, fue mi pensamiento.

Cuando se manifestó aquél esperpento con el deshecho de escalera, me tapó la visión. “¡No pueden tocarme, no pueden tocarme!”, espeté, no sé si gritando o en voz baja. La película había terminado y aquél par seguía arengándo a que gritara. Salí hasta que el botones me llamó. No tenía intención de moverme, ni de seguir ahí.

Pero el suicida sí fue horrible. En cuanto cerraron la puerta de mi segunda habitación, me quedé petrificado. En seguida se apareció con sollozos y gritos ahogados, tratando de quitarse una soga del cuello. Sólo era posible verlo durante brevísimas ráfagas de luz que alumbraban la penumbra. Lo único que se me ocurrió gritarle fue ¡Libérate!, pero de pronto se me plantó cara a cara. Aún conservo fresca la imagen de sus pútridos ojos amarillos y su negruzco rostro.

-No manches, y tú que estás bien loquito… ¡Ir solo sí ha de estar más heavy!- exclamó Javier en la terraza, después de contarle mi experiencia.

-¡Es ese carajo de la foto! –  y le señalé al suicida.

De su experiencia con la leyenda de La llorona, entendí entre el galimatías que me dijo, que tomó el mando de su grupo. Que La llorona era una mucama del hotel y que se enamoró de un huésped español, quien le dio la espalda al enterarse de la existencia de unos hijos a los que también tendría que mantener si se quedaba con ella. También me dijo que nunca gritó su frase distintiva.

Eran casi las once de la noche y decidimos que era hora de marcharnos cuando, al bajar en el ascensor, alguien nos preguntó si queríamos hacer un segundo recorrido. No lo pensamos dos veces.

En esta ocasión estuvimos juntos en el grupo con listón rojo, y era obvia la alusión a la leyenda que presenciaríamos.

Al ser el último recorrido de la noche, parecieron más relajadas las reglas porque ya las conocíamos. Básicamente cada quién hizo el recorrido que quiso, pero ahora pasamos por espacios que se hacían más estrechos conforme avanzamos. La dinámica era correr para seguir a nuestra guía, mientras se nos aparecían almas en pena. Subimos y bajamos escaleras, hasta que nos encontramos con un hombre parado en el descanso.

-Se dice que La dama de rojo y el dueño del Hotel Victoria estaban casados…- comenzó a relatar la petisa botones.

Pronto supimos que aquél hombre en el descanso el otro amante de la pelirroja, y se habían conocido y enamorado ahí mismo en el hotel, bajo las narices del dueño.

Cortesía Grupo Modelo.
Cortesía Grupo Modelo.

Enseguida ocurrió la transportación a la historia. Estábamos en el pasillo, pegados contra la pared, junto a las puertas de las habitaciones cuando escuchamos los gemidos y retoces de los amantes. En eso se apareció el colérico dueño con un chef gigante, luego de que una mucama chismosa y tal vez insatisfecha con su aburrida vida, le llevara las noticias. En un despliegue de furia, les abrieron la puerta.

Lo siguiente tal vez sea el acto más fuerte de violencia simulada que haya visto en directo, pero a los golpes extrajeron a los amantes de su habitación y se los llevaron desnudos a rastras, hacia otra habitación contigua. La escena era de sentir pena ajena, e insoportable, al saber que en realidad existen situaciones como la que recreó el elenco. “Maldita piruja”, le gritaban mientras tiraban de su cabello.

Al cerrarse la puerta, la otra mucama comenzó a rezar en lágrimas el Padre Nuestro y el Yo pecador, mientras sonaban los gritos de las víctimas y la destrucción total de la habitación.

Vimos los cuerpos de los dos amorosos exhalar sus últimos alientos ahogados en sangre mientras los sacaban en manchadas sábanas blancas. Fue el preámbulo a la aparición formal del espectro en que devino La dama de rojo, con su hachazo en la garganta, dando tumbos por todo el piso.

-Creo que fue lo más estresante. Si la mucama le hubiese metido más drama cuando rezó, no lo habría aguantado- infirió Javier una vez que estábamos comentando lo ocurrido.

Acordamos que sí valió la pena y que sí volveríamos a entrar. Si hubiese boletos, claro.

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